lunes, 25 de julio de 2016

A Celsius Horror Story: La casera del mal

Antes de contar mi experiencia personal en este viaje, me gustaría recalcar que no va a tratarse de una crónica del festival Celsius 232, el cual ha estado genial, y de cuyas actividades he disfrutado muchísimo. Desde Abercrombie y su estilo "soy el rey de este barrio, bitches", pasando por el encantador Richard Morgan, que para mi sorpresa habla español perfectamente y me hizo reír bastante con alguno de sus comentarios, hasta llegar a David Mitchell, al que hace tiempo quería leer tras haber visto la adaptación de "El atlas de las nubes", y que nos leyó un relato maravilloso que escuché ensimismada (y detrás de todo esto, la voz de Diego, el traductor cósmico del Celsius, que tiene mi admiración eterna por el trabajo que hace). Además, por supuesto, está la gente, una de las mejores cosas de este festival. No sólo he desvirtualizado a más personas que seguía desde hace tiempo en las redes, sino que me he reencontrado con otros a los que ya conocía y hemos pasado ratos geniales juntos. Me he reído muchísimo, he comido cachopo, helados deliciosos, he disfrutado de la preciosa Avilés y sus calles empedradas (aunque ahí mis pies no se divirtieron tanto), y he asistido emocionada a cada uno de los encuentros con autores, así como a mesas redondas y otros eventos, empapándome bien de todo lo que he oído y visto en ellos para volver a casa con la mente bien alimentada, con muchas ganas de leer y de seguir con mis proyectos.
No obstante, queridos amigos, ésto no ha sido lo único que me llevo de mi viaje a Asturias, hay otra parte que nada tiene que ver con el festival, pero que he decidido llamar "A Celsius Horror Story" porque perfectamente podría dar para novela/película de terror, y eso es lo que vengo a contaros hoy. 

A Celsius Horror Story

Todo transcurrió en Avilés, pero que quizá podríamos enfrentarnos a una situación complicada ya se avisó semanas antes de que iniciara el viaje, cuando llamé a la pensión en la que había reservado alojamiento junto a Diana (@todo_mi_ser) y Omaira (@cathurya) meses atrás sin problema. Como decía, llamé a la pensión semanas antes del viaje para confirmar la reserva, y cual fue mi sorpresa cuando la señora que me atendió (a la que llamaré "señora X") me dio la noticia de que la pensión había cambiado de propietario y el anterior no le había transferido todos los paquetes de reserva. ¿Resultado? Estábamos a muy poco tiempo del viaje y no teníamos alojamiento.
Cundió el pánico.
Le pregunté a la señora X si era posible que nos hiciera una nueva reserva y ella contestó que sí, pero que la noche del día 22 de julio no podíamos quedarnos porque estaba todo cogido (íbamos a estar en Asturias del 19 al 24). «Voy a intentar haceros un hueco—me aseguró ella—. Yo te llamo luego, en cuanto sepa algo». Me pareció muy amable, y le di las gracias, pero el “luego” resultó ser un “nunca”, y tras toda la tarde de espera nerviosa, volví a llamar.
La señora X no había podido hacer nada para darnos alojamiento la noche del 22. No sé si pensaba llamarme en algún momento para avisarme, pero lo dudo mucho. Eso ya me dejó un poco mosqueada, y aun así no podía mandarla a paseo porque estábamos en una situación difícil. Con el festival tan cerca los hoteles/pensiones/hostales más asequibles de Avilés y Oviedo estaban hasta los topes, y yo empecé a temer la cancelación del viaje.
Tenía que consultar la situación con mis compañeras y preguntar a algunos de nuestros conocidos de allí si podrían acogernos esa noche en la que nos quedábamos sin nada. En ese sentido no hubo problema, así que volví a llamar para reservar los días 19, 20, 21 y 23, ya que el 22, como bien me había dicho la señora X, no había sitio. 
—Entonces te reservo para el 19, el 20 y el 21 —me confirmó ella.
—Y la del 23 —le recordé yo.
—Esa noche está todo cogido, cariño.
—Pero si llamé hace un rato y me dijo que sólo fallaba la noche del 22.
—No, no, te dije que la del 23 también.
«Mentira —pensé—. A ver si te aclaras de una puta vez». Respiré hondo y pasé por el aro porque estaba desesperada. Ahora teníamos tres noches reservadas y dos que tendríamos que depender de algún alma cándida asturiana para no dormir a la intemperie.
De momento todo quedó así pactado. El día antes de salir para Asturias llamé de nuevo para confirmar que las cosas seguían en orden, no fuera a ser que a la señora X se le hubieran vuelto a cruzar los cables y ahora le diera por decirme que más noches de las que teníamos reservadas estaban ocupadas también. Pero todo iba bien. Sin cambios.
Llegamos a la pensión el martes 19 a las ocho y media de la tarde. El portón de entrada era de madera gruesa, recia, con ese aspecto oscurecido que sólo se adquiere con el paso los años. Llamé al telefonillo y la cerradura metálica se abrió con un fuerte “clok”. Empujé la hoja derecha de la puerta y se oyó ese chirrío ascendente y agudo que yo sólo había escuchado en las películas de miedo, cuando el protagonista de turno llega a la vieja vivienda a la que acaba de mudarse (y en la que han muerto todos los que han vivido, eso que no falte). Me encontré con un recibidor penumbroso y, tras él, una escalera ascendente, también de madera. El ambiente era oscuro en general, a pesar de que todavía había luz diurna en el exterior, pero dicha luz sólo entraba en el edificio por la zona superior, y caía justo en el centro, como el tronco de un árbol en torno al cual giraba la escalera. Al lado de ésta había una puerta cerrada. Un colchón y un somier desechados impedían llegar a ella, puestos de lado sobre el suelo, apoyados en la pared.
Recuerdo que Omaira, Diana y yo nos quedamos pasmadas unos segundos, como si aquello tan “de cine” no pudiera ser real del todo.
Nos encantó, para qué negarlo.
—¿Hola? —Se oyó desde la escalera.
Era la señora X. Bajita, algo rechoncha, con el pelo muy corto. Recuerdo que su cara me pareció de silicona. La piel lisa y brillante como si acabara de nacer. Subimos con cuidado, cargadas con nuestras maletas. Los escalones crujían bajo nuestro peso, incluso podías sentir cómo cedían un poco bajo los pies. Temí que aquella escalera vieja y desgastada se derrumbara mientras ascendíamos, pero no pasó nada y alcanzamos la puerta de hierro que daba entrada a la pequeña pensión de un solo pasillo, cocina abierta y seis habitaciones.
—Vosotras teníais reserva 19, 20, 21 y 22, ¿verdad? —Nos preguntó la señora X.
—El 22 no —respondí yo—. Usted nos dijo que el 22 y el 23 no había sido posible hacernos hueco.
—Pues yo os tengo apuntadas para el día 22 también.
—¿Pero hay habitación libre ese día? —Me sorprendí yo después de toda la odisea telefónica que había pasado.
—Sí, sí. Sin problema.
«A ver si te aclaras de una puta vez», volví a pensar. Odio que las personas no cumplan con su palabra, y que te mareen con sus “ahora sí, ahora no” constantes, pero aun así la noticia me alegró y la señora X me resultó una mujer amable y cercana a pesar de mis reticencias anteriores. Sí, reconozco que no me dio mala impresión, y creo que si no hubiera pasado lo que pasó el viernes, día 22, habría vuelto de Avilés dispuesta a reservar alojamiento allí en futuras ocasiones, porque el lugar me enamoró. Era viejo, pero encantador, y muy limpio. El suelo de nuestra habitación también crujía, y uno podía notar los muchos años que tenía el balcón acristalado con marcos de hierro en la resistencia que ofrecían las ventanas para abrirse, como si hubieran pasado largos períodos de tiempo cerradas a cal y canto.
Pasamos tres días muy a gusto. Visitamos el festival, nos reencontramos con gente a la que teníamos muchas ganas de ver y asistimos a todos los eventos que nos interesaban. Además “descubrimos” el precioso parque Ferrera y su estanque de ocas y cisnes negros. Un día, mientras estábamos allí pasando el rato, vimos cómo una gaviota mataba a una paloma. La cogió por las patas y la golpeó contra el suelo hasta matarla. Luego le perforó el cuerpo y se la comió dándole violentos picotazos, dibujando en su plumaje un gran círculo rojo y húmedo. Había tres niños cerca que asistieron a aquel despliegue de la naturaleza entre la fascinación, el asco y el horror. Miraban lo que sucedía, asustados y apenados, luego corrían asqueados para alejarse y acababan volviendo, porque necesitaban ver, esa curiosidad morbosa e innata en el ser humano les obligaba a mirar, y miraron, incluso cuando la gaviota le saco las tripas a la paloma para comérselas, ellos se quedaron allí mirando, y yo les miraba a ellos, y pensaba: «Así es el ser humano. Exactamente eso es lo que somos».
Pero volvamos a la pensión y a la señora X. Llegó el viernes. El día 22.
—Tengo un problema para mañana por la noche —me dijo el jueves. Yo disimulé una expresión de «a ver con qué me saltas ahora»—. Es que me llega un grupo —prosiguió ella— y… ¿A vosotras no os importaría iros al otro apartamento que tengo esa noche? Esta muy cerca y allí nadie os va a molestar. Es que a estos nuevos que llegan no les conozco de nada y me da cosa meterles allí, ¿sabes? A vosotras os he visto más y me parecéis fiables.
Fuimos gilipollas y aceptamos. De todo se aprende.
El día 22 rehicimos las maletas y la seguimos hasta el susodicho piso por un camino que ella decidió alargar para enseñarnos la zona. Lo mismo se le olvidó que íbamos cargando con maletas y mochilas que pesaban un cojón. La seguimos, como decía, y llegamos al piso al fin. No me gustó. Ni al primer vistazo, ni al segundo ni cuando lo recorrí de cabo a rabo. Tenía aspecto de haber sido la vivienda habitual de la señora X años atrás, por lo que había muchas de sus cosas y al mismo tiempo transmitía una gran sensación de vacío, como si allí sólo fuera ya de vez en cuando, y sólo a dormir.
Lo que quedaba decorando los estantes y las vitrinas del mueble del salón eran libros, objetos comunes, pero otros más raros. El que más llamó mi atención, y os juro que no me invento esto, fue la figurita de un santo metida en una urna de cristal. La urna estaba sobre un soporte de madera y el interior se encontraba lleno de un líquido transparente. Alrededor del santo, también dentro de la urna, había flores de plástico parecidas a las de los collares de flores hawaianos. Me dio muy mal rollo, y también el hecho de que las dos habitaciones en las que íbamos a dormir tuvieran una cerradura que sólo podía cerrarse desde fuera. La señora X, ya ni recuerdo por qué, se pasó una hora allí con nosotras, contándonos su vida.
Desde que empezó a hablar en el salón supe que era de esas. A lo largo de mi vida he conocido a muchas personas así. Personas que sin conocerte de nada, o no lo suficiente, hablan y hablan sobre asuntos personales sin contenerse, sin que salte esa alarma mental que toda persona con la cabeza en su sitio debería tener. La alarma que te hace ver que estás siendo un pesado de mierda, que deberías callarte y largarte porque soltar todo eso no viene a cuento y los que te están oyendo empiezan a sentirse muy incómodos. La señora X no tenía esa alarma, y yo no tenía tanta caradura como para interrumpirla y dejarle ver que quería que se fuera. «Es de esas», pensé, y supe que podría volver a darnos más problemas, porque lo de hablar sin control era sólo un síntoma, igual que lo fue su falta de profesionalidad a la hora de concretar fechas con nosotras. Detrás de eso siempre hay más, por eso cuando conozco a alguien así suelo poner tierra de por medio lo antes posible. La vida ya es bastante complicada.
Pero sigamos. Estábamos ya en el piso, acomodadas y preparándonos para salir, cuando me di cuenta de que las colchas de las camas que ocupamos Diana y yo estaban llenas de pelos de perro. No sé si he comentado antes que la señora X tenía un perro. Fue una sorpresa muy desagradable, y en ese momento me habría gustado decirle a señora X cuatro cosas, porque yo estaba pagando por estar allí, no era un favor, no me acogía por pena. Había dinero de por medio, y cuando hay dinero de por medio espero que se cumpla lo que se me dice, pero ya debéis de imaginar que la señora X no es de las que cumplen con lo que dicen.
Salimos y llegamos de vuelta por la noche. Queríamos ducharnos, pero no había bombona para el agua caliente, y cuando la señora X nos la trajo, minutos después, resultó que el termostato no funcionaba. Maravilloso, ¿verdad? Me duché con agua fría aquella noche, pero eso no fue lo peor. No, lo peor vino después, en torno a la 1 de la mañana.
Estábamos Diana, Omaira y yo en una de las habitaciones charlando, ya en pijama, cuando oímos que la puerta de entrada al piso se abría y se cerraba. Sonido de tacones. Apareció el perro de la señora X en nuestra habitación y ella lo llamó. No avisó de su visita ni antes ni durante, simplemente entró y se dedicó a trastear por la zona del salón. Nosotras nos quedamos petrificadas. Yo me levanté a ver qué ocurría y vi que la señora X estaba en una habitación a la que se accedía desde esa estancia. Omaira me dijo esa tarde que, cuando entramos por la mañana, vio que en el interior de dicha habitación había una maleta abierta y ropa desparramada por todas partes. La señora X se apresuró a cerrarla, y así se quedó el resto del día, hasta esa noche.
Volví a la habitación con las demás. No sabíamos qué cojones quería ni por qué estaba allí. Omaira se fue a dormir, pero Diana y yo (que compartíamos cuarto) no fuimos capaces de cerrar los ojos. Oímos una puerta cerrarse. ¿Era la que daba a la calle? Todas las luces estaban apagadas, así que me levanté y fui hasta el salón alumbrándome con la linterna del móvil. Siempre me ha parecido que las linternas aportan un cariz misterioso a las cosas que iluminan, pero terrorífico a las que quedan en la sombra. Os aseguro que aquel piso bajo la luz de una linterna daba, como mínimo, bastante respeto. Yo estaba un poco acojonada, debo admitirlo, y lo estuve más cuando encontré sobre la mesa del salón la correa de un perro y unas llaves. La puerta de la habitación en la que Omaira había visto la ropa tirada estaba cerrada.
Entonces comprendí que la señora X seguía allí dentro.
No supe qué hacer, y lo único que se me ocurrió fue sacar las llaves de las cerraduras que cerraban los dormitorios desde el exterior y guardarlas por si… no sé, ¿la señora X nos encerraba? Después de todo, cosas peores se veían en las noticias todos los días, y la realidad siempre supera a la ficción, así que ¿quién me aseguraba que esa mujer no quería hacernos daño? Intenté cerrar la puerta de mi cuarto desde dentro, pero no se podía, por lo que tardé bastante en quedarme dormida.
A la mañana siguiente la señora X ya no estaba, y nos dimos cuenta de que había cerrado las puertas del salón (tenía dos) con llave, bloqueándonos el acceso a la mitad del piso. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Sin perder más tiempo rehicimos las maletas de nuevo y salimos de allí, desesperadas por alejarnos de la jodida señora X y todo lo que tuviera que ver con ella.

Y esta ha sido la gran aventura que hemos vivido en Avilés, después de la cual vino una noche en la que apenas dormimos (yo ni siquiera dormí tres horas). Ya el domingo tuve que hacer frente a 4 horas esperando en la estación de autobuses y 12 horas de viaje. Y por si todo esto no fuera ya lo suficientemente surrealista, cuando llevaba 9 horas en el autobús tuvimos que parar un buen rato por la zona de Extremadura porque nos topamos con un incendio forestal. Ahí es nada. No era muy grande, imagino, pero había humo por todas partes. Humo, ambulancias, bomberos, personas desalojadas de parcelas cercanas y medios de comunicación que corrían junto al autobús. Y lo más chocante: parados en mitad de la estrecha carretera, a unos pocos metros de nosotros, dos helicópteros. Cuando vi las aspas moverse, la gente encogida por el fuerte ruido y la ola de tierra que levantaron en su ascenso, primero uno, después otro, ambos volando sobre nuestras cabezas, pensé… «¿Esto es un sueño?».

Creo poder decir que ha sido un viaje MUY intenso de principio a fin, y lo he disfrutado a pesar de sus cosas malas porque después de todo estamos hablando del Celsius y… en fin, sobran las palabras. Siento haberme alargado tanto, pero esta historia tenía que contarla como merecía. Si lo has leído todo hasta el final, cosa que comprendo que no hayas hecho porque el tiempo es oro, GRACIAS. De todas formas me alegra haber escrito esto. Seguro que algún día volveré a esta entrada y sonreiré a leer lo vivido en esta locura de viaje a tierras norteñas.

23 comentarios:

  1. Aiiiiis, Laura. ¡Cómo me he reído! Sí, ahora me río, pero en ese momento quería llorar (o incluso desaparecer). «¿Esto es un sueño?», aww. Síiiiii, a mí también me lo pareció. *__* Me encantó esta entrada, pues me ha hecho muy feliz. Me halaga el hecho de que haya compartido estos recuerdos —buenos y malos— con vosotras, tú y Omaira, ¡fue-maravilloso! Y os aprecio muchísimo. Cuando me encuentre triste, invocaré estas imágenes para que convierten mi tristeza en alegría (o incluso en felicidad).

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    1. Cuando te encuentres triste piensa en mis pintas en pijama yendo al salón cual ninja con la linterna del móvil xD

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  2. Sólo a personas como tú les pasan estas rarezas de libro. Y me alegro de conocerte como para saber qué estabas sintiendo en cada momento para imaginarlo mejor. Ya me contarás con más detalles ;)

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    1. Ya se sabe, personas extrañas atraen cosas extrañas jejeje

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  3. Esas personas que de profesionales (y espabiladas) tienen poco me ponen de los nervios.
    Qué espanto lo del apartamento, yo llego a estar en esa situación y no es que tarde en dormirme, es que me quedo toda la noche despierta... De todos modos, seguro que no lo olvidas nunca XD

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    1. Ha sido una de esas experiencias de las que luego te ríes. Qué remedio! xD

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  4. Me ha encantado la historia... Parecía el motel de Norman Bates, pero sin Norman, solo con la madre (muerta)... O que os hubiese atendido una copia en idioma castellano de Bathilda Bagshot... Creo que mis hijos, mi marido y yo hubiésemos escapado a través de la ventana por miedo a que nos comiera Nagini esa noche... Jajaja! Me alegro de que el Celsius estuviese a la altura de todos los años. Espero poder ir algún día. Bsitos!!!

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    1. Jajajaja yo también pensé en el Hotel Bates!

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  5. Si llego a estar yo a la señora X se le cae al suelo la cara dura que tiene.
    En una de estas vamos, la señalas y le lanzo la gaviota.
    He dicho :D

    Besos.

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    1. Eso no lo dudo. Te la comes sin piedad! Jajajaja la gaviota asesina xD

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  6. Qué grande eres, Laura...
    Enganchada de cabo a rabo a esa "horror story". Y puedo entenderte. La primera vez que fui al Salón del Manga de Barcelona, (allá cuando tenía unos tiernos 16), fui a pecho descubierto, sin sitio donde alojarnos mi amiga y yo, así que puedo imaginarme el pánico de no saber dónde dormir jajjaja. Puedes quejarte, pero anda que no fue curioso pasar por todo eso, espera, ¿suena muy cruel? XP
    Me alegro de que te lo pasaras tan bien. Tenemos que coincidir allí any year, my lady gamer.
    Un beso muy grande. Noomi.

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    1. *__* Gracias, jo.
      En el momento lo pasé mal, pero bueno, si no me traumatizan y salgo indemne, bienvenidas sean las experiencias de la vida =)

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  7. Esto te lo pilla Peter Jackson y te hace una decalogía, te lo pilla Shymalan y te hace una comedia o te la pilla Tarantino y te mete una obra maestra de tensión que te cagas. En fin, ahora es gracioso en cierta manera leerlo, pero era realmente oírlo cuando me lo relatabas, menos mal que esta experiencia no ha ensuciado vuestro Celsius de este año, y que igualmente una vez más querrías volver. Un abrazote :)

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    1. A Tarantino, please, que se lo den a Tarantinoooo!! *-*

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  8. Madre mía, menuda experiencia. A mí me habría dado algo, porque ya veo sombras donde no las hay, así que no me imagino lo que debe haber sido la misteriosa y pesada señora X (y su perro) en mitad de la noche por el piso. Pero bueno, al menos ya veo que el Celsius, terrores nocturnos aparte, ha estado bien ^^

    A ver si el año que viene me puedo acercar, porque tengo unas ganas tremendas.

    Besinos^^

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    1. El Celsius nunca defrauda. Ojalá podamos vernos por allí algún año! =)

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  9. Pero qué joyitas que uno va encontrando. Esto me lo guardo para leerlo cada viernes a la noche a medias luces y sin nadie en casa.
    Abrazos desde Perú.

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    1. Jajajaja gracias!! Algo bueno se saca de lo malo ^^ Y, por ciero, bienvenido al blog! =D

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  10. No te comenté cuando lo leí, porque sinceramente, se me pasó. Me ha encantado cómo has relatado lo que vivisteis, parece auténticamente un relato xDDD me ha spuesto hasta los pelos de punta en alguna escenita. como la del ave, y con lo de las habitaciones de la señora X xDDD. Niña, si es que lo que te pasa a ti.... ais! Me ha encantao, pero reconozco que vivirlo no me habría encantao tanto jajaaja. un besete!

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  11. Dioses.

    Voy a vivir con miedo de un día reservar una pensión en Avilés y que las cosas empiecen a parecerme sospechosamente familiares. Qué horror la escena de la linterna.

    Por cierto, soy muy fan del asesinato de la paloma a manos de la gaviota. Es decir, es sangriento y terrible (y no estoy loca, lo juro), pero es la clase de situación de la que acabo tomando notas. Me das mucha envidia.

    Z.

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    1. Lo de la paloma es este tipo de escenas que me encanta poner en mis novelas para que se vea lo retorcidos que son mis personajes, porque te aseguro que fue un momento extraño, demasiado "natural" y horrible ya no sólo por la muerte en sí del animal, sino por lo que se originó a su alrededor. Esos niños... y una familia que estaba por allí cerca, que se quedó mirando el espectáculo como si fuera eso, un espectáculo. El padre de la familia se reía. En fin, muy creepy todo.

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    2. Suena maravilloso. Me encantan ese tipo de escenas.

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